10/04/2026
CRÓNICA DE LA RIVERA: DONDE LUJÁN JUEGA
El río no pregunta la hora. Corre. Y alrededor, la vida se acomoda como puede, como quiere. En la ribera de Luján, el día empieza despacio: algún termo se destapa, un mate que pasa de mano en mano, y los primeros chicos que ya no aguantan las ganas de jugar. Las piedras gastadas de tantas tardes, son arcos improvisados. Una botella vacía hace de pelota hasta que aparece la verdadera. Y entonces sí: se arma el partido. No hay camisetas iguales, no hay árbitro, pero hay gritos, hay risas, hay discusiones que duran lo que dura la jugada. Acá se juega en serio, aunque nadie esté mirando.
Un poco más allá, las bicicletas dibujan caminos invisibles entre el pasto. Los más chicos corren detrás de burbujas que el viento decide si se quedan o se rompen. Una madre aplaude, otra llama, alguien se hace el distraído.
El río sigue, testigo de todo, guardando secretos en su corriente marrón. Hay también quienes no juegan, pero están. Sentados, mirando. Como si en cada tarde se les escapara un recuerdo. Tal vez fueron esos chicos. Tal vez corrieron igual, con los pies embarrados y la risa suelta. Ahora ceban mate, charlan bajito, o simplemente dejan que el tiempo pase como pasa el agua.
El sol empieza a caer y pinta todo de un dorado cansado. Las sombras se alargan, el partido termina sin resultado claro, porque nunca importa, y alguien propone volver mañana. Siempre hay un mañana en la ribera. Y así, entre juegos simples y vidas complejas, Luján se reconoce en su río. No en la postal perfecta, sino en lo que late: la gente se junta, que resiste, que inventa alegría donde puede.
Porque en la ribera no solo se juega a la pelota. Se juega a seguir.
Texto: Gloria Cordoni