25/02/2026
"LA LEYENDA DE "
Contaban los abuelos que en el pueblo encantado una víbora inmensa cubre el añejo campanario del templo, y se desencantará cuando alguien llegue a tocar la campana, entonces todo volverá a la vida incluído sus gentes y riquezas de oro!.
(La Paz - )
Bolivia.com 22 NOV 2005
La población de Kory Wayku es un lugar encantado donde antaño se asentó la Sodoma boliviana. Y nadie puede hallarla.
Dicen que todos los días, cuando el primer cuarto de hora del mediodía llega, se puede escuchar empujado levemente por el viento el lamento del campanario que adornaba el templo de la Virgen de la Candelaria en Kory Wayku, ahora recordado como Coroico Viejo. Allí, junto a varios seres humanos convertidos en piedra, descansan las riquezas auríferas que fueron abandonadas luego de que los sobrevivientes de un encantamiento iniciaran el éxodo hacia lo que hoy es Coroico.
Realidad o ficción, esos son los sonidos que a diario retumban en los oídos de Pascual Vergara, en Yolosa —al noroeste de La Paz—. De 76 años, el yungueño atesora como la gran aventura de su vida una travesía que emprendió hace más de 40 años en busca de las ruinas del pueblo perdido de los Yungas. “¿Qué hora es?”, pregunta desorientado el anciano. “¡Tan!, ¡tan!, ¡tan! Tres campanazos van a sonar ahoritita”, dice, y cerrando sus cansados ojos, atacados por las cataratas, parece hundirse en mil y un recuerdos.
En busca de El Dorado
Corrían los primeros años de la llegada de los españoles a lo que hoy es el territorio del occidente boliviano. Los exploradores europeos se dividían entonces en varios grupos en busca de ocultas riquezas.
Sus aventureros pasos llevaron a los conquistadores a cruzar la cordillera, para luego descender por los caminos que habían sido construidos por los pueblos precolombinos y que conducían hacia la exuberante vegetación y a los valles profundos del actual norte paceño.
La infructuosa búsqueda de los milenarios tesoros indígenas llevó a los europeos a instalarse y formar pequeñas aldeas, donde se dedicaron, sobre todo, a extraer las riquezas mineras de las escarpadas montañas y de los caudalosos ríos.
Fue precisamente uno de esos grupos de exploradores el que se instaló en las faldas del cerro Uchumachi, a orillas
Kory Wayku, explica René Toro (37), responsable de la Dirección de Turismo del municipio de Coroico.
Según Toro, quien mantiene viva las tradiciones orales de sus antepasados, con el transcurrir de los años el pequeño campamento minero creció y prosperó gracias a la explotación aurífera, cuyo oro luego era trasladado a lomo de bestia a La Paz, Cuzco y por mar a España.
Y, claro, el aumento de los explotadores de oro provocó que se iniciaran conflictos. “Los vicios, peleas y la falta de moral los dominaron”.
Pero por aquellos días, “un hombre montado en un caballo negro llegó de la nada y advirtió a los pobladores que, de seguir el sendero del pecado, la destrucción del asentamiento era inminente. Luego, según sus palabras, éste desaparecería”, narra el joven, que investiga sobre los orígenes de Coroico.
Y aquel apocalipsis, anunciado por aquel jinete desconocido, según la leyenda, se desató poco tiempo después de la llegada de la Virgen de la Candelaria, llamada la milagrosa.
Una Virgen en busca de hogar
“En España, la Virgen se convirtió en paloma y voló hasta aquí”, cuenta el experimentado chofer Juan Carlos Chambi (29), mientras con destreza dirige la camioneta del municipio coroiqueño por los sinuosos caminos del actual asentamiento de Coroico Viejo —ubicado a 20 minutos de Yolosa y llamado así en honor al antiguo asentamiento colonial, el que realmente se cree que fue encantado—.
Pronto, las casas, ruinas coloniales y sembradíos de coca de las cerca a 25 familias que habitan el lugar desaparecen y el empinado camino llega a su final. Entonces, surgen los zigzagueantes y angostos senderos precolombinos que inician su solitario descenso hasta ser devorados por la vegetación.
“A tres días de aquí, bajando a pie, dicen que se encuentran las ruinas del antiguo Coroico Viejo”, asegura Chambi, mientras su dedo apunta tembloroso al cerro Uchumachi, protector de Coroico.
Según cuentan, fue por esos caminos que una delegación llegada desde España, en el siglo XVII, condujo a la recién elaborada Virgen de la Candelaria, con destino a varias misiones católicas de Alto Beni.
“Al llegar a Kory Wayku, los habitantes del poblado se enamoraron de ella y decidieron que no iban a permitir su salida..., la adoptaron para sí y le construyeron un hermoso templo”, cuenta Toro.
Semanas más tarde, al enterarse de aquel incidente, los indígenas asentados en las misiones jesuíticas mandaron una comitiva para rescatar a su Virgen. Así, sigilosamente, cobijados por la noche, sacaron la imagen de Coroico Viejo.
Luego de una jornada de ascenso, la delegación decidió descansar en una laguna. Al día siguiente, cuando quisieron reanudar su travesía, no pudieron levantar la imagen.
“Bien pesada se puso la Virgen, entre 10 intentaron alzarla, pero no pudieron —continúa su relato la autoridad edil—. Para entonces, los pobladores yungueños les habían dado alcance y reclamaron una vez más para sí la imagen. Pero, “tampoco pudieron moverla”.
Desde entonces, la Virgen de la Candelaria encontró su hogar, que es justo el lugar donde hoy se encuentra la población de Coroico.
El comienzo del encanto
Con todo, no se termina ahí la historia. Mientras el milagroso acontecimiento de la famosa Virgen se desarrollaba colina arriba, en Kory Wayku se desataba una maldición.
“Una muchacha se enamoró de un apuesto joven que, en las noches, en serpiente se convertía”, inicia su relato Pascual Vergara.
“Mucho se escapaba de su casa la joven en las noches para estar con la serpiente”. Por eso, “su padre, que no sabía nada, un hilo grande a su hija le amarró para saber a dónde se iba. Le siguió gracias al hilo y le descubrió abrazada de la víbora. Su padre grave se asustó y, a empujones, le sacó a su hija”.
A los días, “enferma apareció, embarazada había estado”. Y tiempo después, “durante la fiesta del pueblo nació la wawa... Mitad víbora y mitad gente había sido”.
Asustados ante tal alumbramiento, los pobladores de Kory Wayku decidieron deshacerse del engendro. “Y lo quemaron, vivo”.
Pero, de pronto, “se encantó el pueblo: una neblina y un ventarrón lo oscurecieron y mucha gente se volvió loca. Otros comenzaron a escapar de ahí, pero las personas que miraban hacia atrás, en piedra no más se han convertido”, exclama emocionado el anciano, quien en su juventud emprendió una tremenda travesía junto a cuatro amigos en busca del pueblo encantado.
Una búsqueda sin éxito
“Ha habido personas que han intentado llegar al campamento original, pero no lo han logrado”, dice René Toro, convencido de que sólo un grupo de profesionales podrá descubrir el asentamiento colonial.
“No se entra así no más, mesa ceremonial hay que hacer”, interrumpe Arturo Rojas (85), uno de los aventureros que acompañaron en la década de los 60 a Pascual Vergara en su búsqueda sin descanso de lo que antaño fue Kory Wayku.
“Dos días caminamos en busca de la corteza de la ‘china’, una planta de donde se extrae la quinina, que sirve para combatir el paludismo”. Hasta que llegamos a un lugar donde había gradas y en cuyas lozas se distinguían letras góticas.
“Después, avanzamos un poco más allá y alcancé a ver una mina abandonada y un campamento de ambaibo, con lo que techaban sus pahuichis los antiguos”, narra el anciano, que hoy vive en Coroico.
Mientras, los recuerdos de Rojas son complementados por las tímidas reminiscencias de Vergara.
El lugar, al borde del río Kory Wayku, “era una pampa plana con pura palmas y estaba lleno de peligrosas víboras de todos tamaños. Nos sentamos allí a descansar un rato y a p'ijchar coca. De pronto, “nubes oscuras bajaron del cielo. Nada se veía. Nos asustamos y volvimos a trepar la montaña sin descanso”, cuenta sumido en una gran emoción Vergara, quien, además, está totalmente convencido de que “por ahicito no más es que se encuentra Viejo”.