Desde tiempos precolombinos han sobrevivido, de forma diferente en cada caso, diversas culturas en las Tierras Bajas bolivianas. Los ayoreode, los chiquitanos, los guarayos y los guaraníes han mantenido su lengua, su identidad y su producción plástica. A través del tejido, la cerámica, la pintura y otras técnicas, combinan esencialmente lo bello y lo útil. Las obras artesanales, al ser objetos de
uso diario y de uso ceremonial, son los soportes materiales de las creencias y la simbología de cada cultura, reflejando al mismo tiempo que una expresión individual, los códigos de todo un pueblo. Hacia 1979, la producción plástica de los pueblos del Oriente sufría una doble marginación: por parte de la población urbana que ignoraba la tradición artística y artesanal de su propia tierra; y por parte de los mismos indígenas, afectados por el desprecio general hacia lo suyo. Los rescatadores de artesanía a bajo precio, los productos industrializados y el éxodo a las ciudades, habían afectado seriamente la producción artesanal. En más de 30 años de trabajo conjunto de CIDAC con la Asociación de Artesanas y Artesanos del Campo, se ha reconquistado un oficio digno y rentable; reviviendo la producción artística y artesanal y expresando las nuevas realidades de las comunidades. Este proceso ha resultado en un gran cambio en la condición de las mujeres artesanas: ha valorizado su trabajo, sus saberes ancestrales y su creatividad individual; potenciando su organización y liderazgo. De este modo se ha revelado a la ciudad su patrimonio artístico autóctono, se ha despertado orgullo por las expresiones culturales indígenas y se ha logrado evitar, hasta ahora, su desaparición.