preocupación que dio curso a mi trabajo temático con los Pueblos Originarios, nace de una resignificación identitaria producida por ser migrante. El hecho de portar dos ciudadanías incompletas, la argentina y la chilena, me genera, en un principio, un conflicto por falta de pertenencia clara a un espacio físico y cultural definido, esto, por la diversidad de códigos, formas comunicativas, barrera
s lingüísticas, diferencias culturales, etc., que no permiten el desarrollo reconociendo que se es parte de un lugar. Sin embargo, la amplitud de este territorio que se extiende desde el océano Atlántico hasta el Pacífico, me permite constituirme desde un origen distinto, esto es, la pertenencia a un mundo donde las fronteras no existían. Desde ese lugar, mi primer clivaje identitario es reconocerme en el espacio ocupado por el pueblo Mapuche a ambos lados de la cordillera (Wallmapu) y en un segundo movimiento entender que los pueblos originarios de América se constituían desde la porosidad de unas fronteras móviles. En este nuevo reconocimiento, concluyo que soy parte de un Pueblo, un pueblo sin fronteras. Es aquí donde me he desarrollado como artista, en la creación de obras con distintas técnicas indígenas, con la intención de hacer perdurar el patrimonio cultural no sólo nacional, si no también develar que los pueblos originarios nos enseñan, que estuvimos ligados más allá de las particiones estatales modernas. Dueños de una cultura de la que debemos sentirnos orgullosos, creadores una gran variedad de objetos ricos en formas, colorido y cargados de una gran connotación espiritual, en que cada pieza lleva en sí, no solo la funcionalidad de la practica, sino también el elemento mítico que permite su existencia. El proyecto apunta a reconocer el legado cultural de los pueblos originarios, por medio de la representación artística de sus objetos utilitarios y a reconocernos una Nación multicultural.