03/03/2026
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Educar para el desamparo: La formación del profesor normalista Héctor Leiva
En la fotografía que acompaña esta publicación vemos a don Héctor Nibaldo Leiva Díaz el día que recibió su título de Profesor Normalista, en el año 1968. Detrás de esa imagen formal hay un relato profundo sobre la movilidad social, la vocación pedagógica y los drásticos cambios políticos que atravesó nuestro país y que repercutieron directamente en Chiloé.
Don Héctor nació el 16 de julio de 1949 en el sector rural de Degañ, Ancud. Hace unos años, conversamos extensamente en su casa sobre su trayectoria. Su testimonio no solo narra una historia personal, sino que ilustra cómo funcionaba el antiguo sistema educativo y el rol vital que cumplían las desaparecidas Escuelas Normales en las zonas más aisladas de Chile.
La migración escolar y el valor social de educar
En la década de 1960, el acceso a la educación en las zonas rurales de nuestra isla era limitado. Don Héctor lo relata así: "No viví mucho en Degañ, porque de muy niño tuve que salir para estudiar (...) la Escuela N°9 de Degañ en ese tiempo sólo tenía hasta 4° de primaria. (...) yo fui a Dalcahue, a la Escuela N° 8, donde hice 5° y 6° de primaria en los años 1961 y 1962".
En aquel entonces, la figura del maestro gozaba de un enorme prestigio social. Ser seleccionado requería excelencia académica (estar entre los 10 primeros del curso y aprobar un examen de admisión). "Tener un hijo profesor era como hoy día tener un médico", recuerda don Héctor. Fue precisamente uno de sus profesores quien, reconociendo sus capacidades, instó a su familia a enviarlo a estudiar a la Escuela Normal de Valdivia, a la cual ingresó en 1963.
La vida en la Escuela Normal: Rigor y supervivencia
El régimen de estudio era extenuante, condensando cuatro años de enseñanza secundaria y dos de formación profesional. Las clases abarcaban mañana y tarde, e incluso los sábados. El desarraigo era parte del proceso: debido a la distancia y la falta de recursos, las visitas a Chiloé eran escasas. La propia escuela se convertía en el hogar, proveyendo alimentación que los mismos estudiantes preparaban durante los fines de semana y feriados.
Sin embargo, lo más fascinante desde el punto de vista sociológico era la malla curricular oculta y práctica de estas instituciones. Se formaba a los profesores para enfrentar realidades rurales extremas:
"La Escuela Normal, en esos años, formaba profesionales para trabajar en el desamparo y se ponía en el peor escenario, en un escenario en que ibas a llegar al lugar y no ibas a tener donde alojarte (...) Entonces la Escuela Normal les daba una serie de competencias a uno: Saber planchar, saber lavar su ropa, saber cocinar, saber tocar un instrumento musical, saber temas de salud, algunos elementos para promover el desarrollo productivo de la familia, nos enseñaban a faenar un cerdo, a hacer embutidos. Todas esas competencias las entregaba para que uno enfrentara un medio inhóspito."
Entre la disciplina formal y la libertad ideológica
Las Escuelas Normales eran instituciones de contrastes. Por un lado, exigían una disciplina casi militar en las formas —los inspectores revisaban la vestimenta de los alumnos antes de permitirles salir a la calle los sábados—, pero, por otro lado, garantizaban una amplia libertad intelectual. Don Héctor atribuye esta apertura a la influencia de la Masonería en la administración de muchas de estas escuelas, lo que fomentaba "una libre circulación de ideas políticas al interior".
Este ambiente de efervescencia intelectual y pensamiento crítico tuvo un costo altísimo con la llegada del Golpe de Estado. Las Escuelas Normales fueron cerradas permanentemente, siendo consideradas por la Dictadura Militar como "nidos de comunistas". La represión fue brutal, dejando una herida profunda en el gremio docente:
"Muchos profesores nuestros fueron encarcelados, fueron sacados violentamente, estudiantes asesinados. (...) en Valdivia fusilaron a Barrientos que era una lumbrera de persona (...) hubo una cantidad de gente que fue asesinada, encarcelada, exiliada. (...) Acaba de morir un profesor de apellido García, que estudió exiliado en Canadá parece (...). Mi desarrollo político lo identifico en esta época, había mucho acceso a las escuelas de formación política."
A pesar del complejo escenario histórico, don Héctor mantuvo firme su propósito inicial. Al egresar en diciembre de 1968, cumplió la promesa que se había hecho a sí mismo: "Yo por una convicción personal, yo me propuse que cuando me recibiera iba a volver a la Isla y lo hice...".
Conocer de dónde venimos nos da la fuerza y las herramientas para construir el futuro. La historia de los profesores normalistas es fundamental para entender cómo se construyó el tejido social de Chiloé frente a la adversidad y el aislamiento.
Construyamos nuestra memoria colectiva:
¿Tuvieron ustedes o sus padres clases con algún Profesor o Profesora Normalista en Quellón o sus alrededores? ¿Qué recuerdos guardan de su forma de enseñar y de su participación en la comunidad?
Dejen sus anécdotas en los comentarios para seguir armando nuestra historia.
Francisco Vásquez Peralta
Creador y Administrador de Historias de Quellón