19/02/2024
La narrativa de este cuadro, al que he bautizado como “La Plaza de los Coches” o “El Portal de los Dulces” en Cartagena, traza un vínculo sutil con mi propia historia. Rememoro la figura de mi abuela, proveedora de manjares a diversos puestos donde se desplegaban las delicias: cocadas, golosinas de variopintos sabores. Mi padre, a su vez, inscrito en la tradición ancestral, participaba en la confección de estos deleites. Así, los dulces, con su carga nostálgica, tejen un lazo afectivo, aunque paradójicamente acaricien mi salud.
Recientemente, el destino propició un reencuentro insólito con un antiguo camarada de mis días escolares. Después de 42 años de silencio, nos vimos envueltos en una conversación que se extendió por una hora y media en la residencia de Juan Carlos Gossain, Admirado desde la distancia por sus gestas como gobernador y líder eminente, el eco de su grandeza resonaba en mis recuerdos. Nuestro contacto renovado me tomó por sorpresa al revelarme que quería una obra mía, gesto que me llenó de gratitud, pues mis creaciones, imbuidas de propósito social y afecto, se erigen como sostén para los más necesitados de nuestra comunidad.
En el devenir de nuestra charla, entre anécdotas y proyectos, emergió el deseo compartido de tender una mano solidaria a nuestros conciudadanos cartageneros. A pesar del inexorable paso del tiempo, en el cruce de miradas se desvanecieron los años, y ante nosotros se materializó el eco de una amistad que parecía suspendida en el tiempo, como si los 42 años transcurridos se diluyeran en la atmósfera, y el presente se confundiera con el ayer. Fue un momento de comunión especial, donde el arte y la amistad se entrelazaron en un abrazo etéreo, reafirmando la vigencia de la complicidad compartida a lo largo de las décadas.