22/04/2026
22 de abril de 1898
El disparo que cambió la Historia
Por Osvaldo Morfa lima
El sol aún titubeaba sobre el horizonte habanero aquel 22 de abril de 1898, cuando el silencio de la mañana fue roto por un estampido seco. Las baterías del Castillo de los Tres Reyes del Morro habían hablado. El primer disparo de alarma no era un saludo protocolar; era el grito de advertencia ante una flota extranjera que se adueñaba de las aguas de la bahía. La armada estadounidense había llegado, y con ella, un nuevo capítulo —tal vez el más amargo— para la historia de Cuba.
Las heridas abiertas de una guerra larga
Para entender aquella mañana en La Habana, hay que mirar atrás. Durante casi tres décadas, Cuba había sangrado por su independencia del imperio español. El Grito de Yara en 1868 y la larga Guerra de los Diez Años encendieron una llama que nunca se apagó. Luego, en 1895, la Guerra Necesaria —liderada por Máximo Gómez, Antonio Maceo y José Martí— reavivó la lucha con una fuerza arrolladora.
Pero España, desgastada militar y económicamente, respondió con una crueldad desesperada. La política de reconcentración impuesta por el general Valeriano Weyler convirtió a la isla en un camposanto. El país estaba al borde del colapso cuando ocurrió lo inesperado.
La excusa perfecta: el Maine
El 15 de febrero de 1898, una explosión partió en dos al acorazado Maine en el puerto de La Habana. Más de 250 marinos estadounidenses murieron. Hasta hoy, las causas reales del siniestro se discuten, pero en aquel momento, Washington no necesitaba la verdad: necesitaba un pretexto. Y el Maine se lo dio.
Bajo el manto de las "razones humanitarias", el gobierno de Estados Unidos presionó a España para que abandonara la isla. El 18 de abril, la Resolución Conjunta del Congreso estadounidense autorizó el uso de la fuerza militar. Las intenciones, sin embargo, iban mucho más allá de ayudar a los cubanos. La posición geopolítica de la isla, sus riquezas y su estratégica puerta al Caribe eran un imán para el creciente poder norteamericano.
El cerco que ahogó a los cubanos
El 21 de abril de 1898, un día antes de aquel disparo en el Morro, el almirante William T. Sampson puso en marcha un bloqueo naval que pronto estrangularía La Habana y otros puertos clave. Oficialmente, la medida buscaba cortar los suministros a las fuerzas españolas. En la práctica, castigó sin piedad a una población civil ya diezmada por tres años de guerra y reconcentración.
Las ciudades se oscurecieron. La comida desapareció. El hambre, la miseria y las enfermedades campaban a sus anchas. Quienes visitaron La Habana en aquellos días dejaron testimonios estremecedores: mujeres harapientas y niños esqueléticos que remaban en pequeños botes hasta los buques estadounidenses para suplicar un pedazo de pan. Era la paradoja más cruel: una intervención que se decía humanitaria, pero que solo profundizaba el sufrimiento del pueblo al que decía liberar.
Una guerra desigual en el mar
En los mares y costas cubanas, la contienda naval fue un duelo de desproporciones. La armada española, con sus barcos anticuados y mal mantenidos, enfrentaba a la moderna flota estadounidense. Hubo escaramuzas —el bombardeo a Matanzas, la fallida incursión en Cárdenas— que mostraron dignidad y resistencia hispana, pero la superioridad tecnológica y logística del adversario era abrumadora. Durante el bloqueo, más de 35 embarcaciones españolas fueron capturadas. Otras 22 lograron esquivar el cerco, pero era cuestión de tiempo antes de que la balanza se inclinara del todo.
Santiago de Cuba: la derrota española y la traición a los mambises
El golpe definitivo llegó el 3 de julio de 1898. En la batalla naval de Santiago de Cuba, la escuadra del almirante español Pascual Cervera fue aniquilada. La ciudad, agotada por los bombardeos y el cerco, se rindió el 16 de julio. El fin del dominio español en Cuba parecía inminente.
Pero lo que ocurrió después fue una puñalada a la historia. Las tropas estadounidenses impidieron la entrada de las fuerzas mambisas a Santiago. Los mismos hombres y mujeres que habían luchado durante años —décadas— en los campos y montañas por la independencia de su patria fueron relegados como espectadores de su propia victoria. El invasor extranjero reclamó el triunfo como suyo. El gobierno de Estados Unidos, que jamás reconoció al Ejército Libertador cubano, dejó claro que aquella no era una guerra entre aliados.
La neocolonia: cuando la independencia vino con cadenas
El Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, selló la salida de España y prometió la futura independencia de Cuba. Pero la letra pequeña escondía una trampa. En 1901, la imposición de la Enmienda Platt convirtió a la isla en un protectorado estadounidense. Washington se reservaba el derecho a intervenir en los asuntos internos de Cuba y, de paso, arrancó un pedazo de tierra en Guantánamo para instalar una base naval que, hasta el día de hoy, permanece como una espina clavada en el corazón del pueblo cubano.
La intervención estadounidense no trajo la libertad soñada por Martí, Maceo y Gómez. Trajo un cambio de amo: el dominio español se transformó en una neocolonia que marcaría la política y la economía de la isla durante décadas.
2026: La misma amenaza, un pueblo diferente
Hoy, 128 años después de aquel disparo en el Morro, Cuba se encuentra nuevamente bajo amenaza de agresión militar. El gobierno de Estados Unidos, ahora encabezado por Donald Trump, ha vuelto a tensar la cuerda. Los discursos hostiles, los movimientos de flotas, las provocaciones en el estrecho de Florida y las nuevas sanciones que buscan asfixiar a la isla son el eco actual de aquel bloqueo de 1898.
Pero esta vez será diferente.
En 1898, el pueblo cubano fue sorprendido. Los mambises llevaban años luchando contra España cuando apareció un nuevo ejército que decía venir a ayudar, pero que al final les arrebató la victoria. Aquella generación aprendió por las malas que el imperio norteamericano no tiene aliados: tiene intereses.
Hoy, esa lección no se ha olvidado. Los cubanos sabemos quién es el enemigo. Sabemos que cada amenaza de invasión, cada decreto de bloqueo, cada intento de desestabilización persigue lo mismo que en 1898: arrebatarnos la soberanía, dominar nuestra geografía y saquear nuestros recursos.
Pero la historia no se repite. El pueblo que forjó su identidad en tres guerras de independencia, que resistió medio siglo de neocolonia, que hizo una Revolución en 1959 y que ha soportado más de sesenta años de bloqueo económico, no es el mismo pueblo desarmado y desorganizado que vio llegar la flota de Sampson.
Hoy hay un Ejército preparado. Hoy hay milicias. Hoy hay una población entera que sabe lo que significa defender el pedazo de tierra donde nacieron sus abuelos.
Si nos toca morir, morimos de pie
Los versos del poeta Bonifacio Byrne —ese mismo que escribió desde el exilio mientras veía su patria mancillada— resuenan hoy con una vigencia estremecedora:
"Si deshecha en menudos pedazos,
se llega a ver mi bandera algún día,
nuestros mu***os alzando los brazos,
la sabrán defender todavía".
Esa es la promesa. No importa si el imperio despliega toda su maquinaria de guerra. No importa si sus bombas arrasan nuestras ciudades. No importa si nos reducen a escombros. No nos rendiremos.
En 1898 nos robaron la independencia porque no estábamos preparados para un enemigo que venía con rostro de "liberador". En 2026 no habrá engaños posibles. Sabemos quién es el agresor. Sabemos qué quiere. Y sabemos que, aunque tengamos que desaparecer como nación, no volveremos a arrodillarnos ante ningún imperio.
Si nos toca morir, moriremos. Pero moriremos de pie, con la bandera ondeando hasta el último segundo, y con la certeza de que —como escribió Byrne— nuestros mu***os alzarán los brazos desde la tierra para seguir defendiéndola.
Esta vez no pasarán.
Esta vez, aunque nos destruyan, no nos doblegarán.