03/06/2026
:
(De Alhama de Murcia al País Vasco). La primavera aún no había terminado, pero el calor del verano ya comenzaba a deslizarse silenciosamente sobre Alhama de Murcia.
Como si hubiera llegado antes de tiempo.
El invierno se marchó demasiado pronto, sin concederme aquella mañana lluviosa que acostumbraba compartir con una taza de café frente al Castillo de Alhama, cada amanecer.
Sentí una ligera incomodidad…
El clima cambiaba con demasiada rapidez, y nunca me han gustado las transformaciones repentinas.
Entonces, una pregunta encendió algo dentro de mí, como una lámpara que se ilumina de golpe:
¿Por qué no seguir al invierno allí donde vaya?
Pero no tenía brújula ni una dirección clara.
Con unos simples movimientos sobre la pantalla del teléfono y el cursor del buscador, descubrí que el mundo, con todas sus estaciones, estaba mucho más cerca de lo que imaginaba…
La propia España reúne todas las estaciones sin necesidad de abandonarla.
El GPS comenzó a desplazarse rápidamente por el mapa del país hasta detenerse en el norte…
El País Vasco.
La región de San Sebastián.
Allí apareció una página completamente distinta a la que conocía en Alhama de Murcia, la ciudad en la que he vivido más de seis años…
O quizá apenas seis días, si la mido con la intensidad de las emociones.
En un instante de silencio, escuché en mi mente la voz de un locutor deportivo anunciando el evento.
Detrás de ella sonaba una melodía suave y motivadora, como si abriera el camino para correr.
Y con una voz firme decía:
«Bienvenidos a la comarca de Asparrena, en Araia, al este de la provincia de Araba.
Bienvenidos a esta fiesta deportiva entre montañas, senderos y un largo trail de 28 kilómetros.
Hoy correremos juntos un recorrido más corto de 14 kilómetros, con un desnivel superior a los 550 metros.
Pero ni siquiera esta distancia basta para descubrir el corazón de los habitantes del País Vasco…
Personas que sonríen siempre con el aroma de la primavera.»
Muy temprano por la mañana partí desde Alhama de Murcia.
Poco después me encontré frente a la estación de tren de El Carmen, en Murcia.
Allí había rostros que ya me resultaban familiares.
No solo los de los trabajadores, sino también sus sonrisas.
Como si no se limitaran a trabajar, sino que repartieran una pequeña dosis de tranquilidad a cada persona que atravesaba aquel lugar.
Sonrisas que nunca se apagan y que no necesitan ninguna ocasión especial.
Da igual si llevas palabras en español o en cualquier otro idioma.
Siempre abandonas la estación con una sencilla respuesta…
Un emoji de corazón o una mirada silenciosa de gratitud.
Algo profundamente humano…
Muy lejos de la frialdad de las pantallas.
Sujeté mi billete con firmeza y avancé con pasos rápidos, casi tan rápidos como el tren que esperaba.
Encontré mi asiento junto a la ventana, el mismo número reservado para mí, como si el lugar hubiera estado aguardando mi llegada.
No era un viaje para dormir.
Era un viaje para contemplar.
Porque las largas distancias se transforman aquí en una pantalla de vida que se mueve detrás del cristal.
Y aquel día coincidía además con mi cumpleaños.
Observaba los instantes pasar velozmente por la ventana, sin concederme tiempo suficiente para capturar una sonrisa completa.
No diré que todos los caminos conducen a Madrid…
Pero casi todas las personas terminan dirigiéndose hacia la capital.
El corazón palpitante del país.
Un encuentro de culturas y de rostros distintos.
Cuanto mayor es el movimiento, mayor parece ser también la convivencia.
Como si la ciudad enseñara a todos a acercarse unos a otros bajo un mismo techo…
Protegidos del frío del invierno y del calor del verano.
Mis ojos permanecían pegados a la ventana.
Como si observaran una película muda llamada vida.
Con cada estación, el sur iba quedando atrás poco a poco.
Y dejaba espacio a paisajes más tranquilos y más verdes.
Entonces apareció en mis pensamientos la idea del abono mensual de Renfe.
Sesenta euros solamente.
El tren ya no era únicamente un medio de transporte.
Se había convertido en una costumbre cotidiana y en un vínculo social que conecta a las personas antes incluso que a las ciudades.
Después de Madrid, el paisaje volvió a transformarse.
Comenzó el viaje hacia el norte, hacia las tierras vascas.
Los rostros cambiaron ligeramente.
Los acentos también.
Incluso el cielo parecía diferente al que había dejado atrás.
De vez en cuando, una lluvia fina acariciaba las ventanas del tren.
Como si enviara un mensaje silencioso:
Te estás acercando al lugar correcto.
Y cuando la noche comenzaba a caer, llegué a San Sebastián.
No era tan bulliciosa como la había imaginado.
Era una ciudad tranquila, húmeda por la lluvia, respirando lentamente bajo las luces amarillas que se reflejaban sobre el suelo de piedra.
Tomé mi pequeña mochila y me dirigí al alojamiento que había reservado previamente.
Las calles estaban limpias y silenciosas.
Los cafés todavía conservaban algunos visitantes refugiados del frío de la tarde.
No sentía cansancio.
Quizá porque estaba viviendo cada detalle del camino más intensamente que pensando en su final.
Aquella noche apenas pensé en la carrera.
Ni en los catorce kilómetros que me habían llevado hasta allí.
Sentía simplemente que el propio viaje comenzaba a regalarme algo diferente…
Una calma parecida a la lluvia que no quiere abandonar la ciudad.
Desperté por la mañana con una energía distinta.
Como si la ciudad me hubiera despertado antes que la alarma.
La lluvia había cesado, pero había dejado tras de sí un aire fresco que despertaba lentamente el rostro y los sentidos.
Tomé mi mochila y me dirigí hacia el tren que me llevaría a la zona de la competición.
Allí los rostros eran distintos.
La emoción era evidente.
Las zapatillas deportivas parecían avanzar antes que sus propios dueños.
Y las sonrisas cruzaban el camino entre desconocidos como si se conocieran desde hacía años.
A medida que nos acercábamos a las montañas, la naturaleza comenzó a abrirse lentamente ante nosotros.
Montañas verdes rodeaban el lugar desde todas las direcciones.
Pequeños pueblos parecían haber salido de una pintura antigua, conservando todavía el aroma de la lluvia, de la madera y del café.
Al llegar, tuve la sensación de estar entrando en una celebración humana más que en una simple competición deportiva.
Una plaza llena de vida.
Niños corriendo.
Ancianos observando en silencio.
Voluntarios moviéndose en todas las direcciones.
Personal sanitario y policía local.
Familias enteras animando a sus hijos.
Corredores llegados desde lugares lejanos, cada uno transportando una historia dentro de su pequeña mochila.
Los cafés se llenaron desde temprano.
Las voces se mezclaban con la música.
Y las zapatillas golpeaban el suelo con un ritmo suave…
Como el inicio de una larga sinfonía.
Me detuve un instante para contemplar la escena.
Y sentí que aquel pueblo no reunía únicamente a corredores.
Reunía la vida entera en un solo momento.
El trabajador.
El niño.
El policía.
El médico.
El anciano.
E incluso quien había venido únicamente para aplaudir.
Nadie competía realmente contra nadie.
Todos avanzaban hacia una misma dirección…
Hacia un instante compartido, cálido y difícil de explicar con palabras.
Entonces llegó un breve silencio.
Sonó el silbato de salida.
Y cientos de pies comenzaron a moverse al mismo tiempo…
Como si todo el pueblo hubiera empezado a correr en una sola dirección.