16/10/2026
Setenta y cinco años después, ¿vendemos libros o formamos lectores?
Estimado señor Creuheras:
Me dirijo a usted con el respeto que merece su responsabilidad al frente de uno de los grandes grupos editoriales de nuestro país, pero también con la libertad de quien considera que los libros, por su naturaleza, merecen algo más que una contabilidad de ventas.
Con motivo del Premio Planeta, usted ha celebrado los más de 47 millones de ejemplares vendidos a lo largo de sus ediciones y ha afirmado que el galardón descubre nuevos lectores que se acercan a las librerías y quizá repiten la visita. Es una declaración atractiva, casi bucólica, pero ¿demuestra lo que quiere sugerir?
Dividir esa cifra entre las ediciones celebradas permite obtener una media (aritmética), pero no permite conocer la evolución de las ventas: ¿han crecido o disminuido con los años?, ¿qué parte corresponde al mercado español?, ¿cuál a la expansión internacional del grupo?, ¿cómo han evolucionado las ventas por edición?, ¿y por territorio?, ¿y por edades?,... Una cifra acumulada puede impresionar sin explicar la realidad que representa.
Hay, además, una distinción fundamental: distribuir libros no equivale necesariamente a venderlos al lector final, y venderlos tampoco significa que hayan sido leídos. ¿Qué parte de los ejemplares contabilizados ha llegado efectivamente a sus compradores?, ¿qué incidencia tienen las devoluciones de los libreros y cuántos permanecen almacenados?, ¿qué fantástica herramienta tienen para distinguir la distribución al canal de las compras finales?
Pero incluso si todos esos ejemplares hubieran sido adquiridos por lectores, seguiría pendiente la pregunta esencial: ¿cuántos de esos compradores se han convertido en lectores habituales?, ¿cuántos han descubierto otros autores, han desarrollado el gusto por la literatura o han regresado a la librería por el deseo de seguir leyendo?... ¿Eso se nota?, ¿se siente?... No percibo tal realidad.
Comprar un libro es una transacción; convertirse en lector es un proceso. La primera puede contarse (y decirse). El segundo exige comprender una experiencia humana que no se demuestra mediante una cifra de ventas.
No cuestiono el derecho de una editorial a celebrar su éxito comercial, ni que lo retuerza para hacer propaganda, pueden pensar que ayuda, aunque estoy convencido de que se están equivocando.
Cuestiono que ese éxito se presente como prueba suficiente de una contribución cultural. Ambas cosas pueden coincidir, pero no son equivalentes. El consumidor adquiere un producto; el lector encuentra en una obra conocimiento, emoción, pensamiento y, en ocasiones, una nueva manera de comprender el mundo.
Esta distinción resulta especialmente importante cuando hablamos de las librerías. Usted las ha definido como el puente entre editores y lectores y ha reconocido las dificultades de remuneración de quienes trabajan en ellas. Sin embargo, ¿qué ocurre con ese puente cuando las librerías independientes luchan por sobrevivir y la venta digital transforma los canales comerciales?, ¿qué proporción de las ventas del grupo pasa por las librerías físicas y qué compromiso existe para contribuir a su continuidad?
Una librería independiente no es un simple punto de distribución.
Es un espacio de descubrimiento, criterio y conversación, donde un librero puede recomendar precisamente aquel libro que ninguna campaña ha conseguido convertir en éxito de ventas. ¿Qué valor concede el Grupo Planeta a esa función cultural y cómo piensa contribuir a preservarla?
También merece preguntarse si el Premio Planeta, con su enorme capacidad de promoción, está consiguiendo ampliar los horizontes de los lectores. ¿Existen estudios independientes que permitan conocer si sus obras generan hábitos de lectura duraderos, conducen hacia otros autores o atraen a personas que antes no leían? ¿Se ha considerado qué sucede cuando la experiencia de lectura no responde a las expectativas creadas por la publicidad? No afirmo que el premio aleje a los lectores; pregunto si se ha medido realmente su efecto cultural, más allá de sus resultados comerciales.
En esta septuagésima quinta edición, con 1.424 manuscritos presentados, usted ha recordado que el premio nació en 1952 con una doble vocación: fomentar la lectura en una España en la que se leía poco y ayudar a los escritores a vivir de la literatura. Ha afirmado, además, que ambas aspiraciones se han conseguido.
Permítame preguntarle: ¿siguen vigentes esos propósitos o hemos terminado confundiendo el fomento de la lectura con el estímulo de la compra de libros?
Setenta y cinco años después, ¿cuántos escritores pueden vivir dignamente de escribir, sin depender de otras profesiones?
¿Ha contribuido el premio a hacer sostenible la carrera literaria de un número significativo de autores o sus beneficios económicos se concentran necesariamente en unos pocos?
¿Qué sabemos de la realidad profesional de quienes escriben fuera del reducido círculo de los grandes éxitos?
Y aquí surge una ironía que nuestro tiempo parece haber preparado para nosotros: ahora que, según usted, hemos conseguido que los escritores puedan vivir de escribir, ¿podrán seguir haciéndolo cuando una inteligencia artificial sea capaz de generar una novela en minutos?, ¿bastará entonces con producir más textos y vender más ejemplares, o tendremos que reivindicar precisamente aquello que da valor a la creación literaria: la experiencia, la sensibilidad, el pensamiento y la singularidad de una voz humana?
Quizá el futuro nos obligue a distinguir con mayor claridad entre producir textos y escribir obras que merezcan ser leídas; entre comercializar libros y contribuir a una cultura lectora.
No atribuyo mala intención a sus declaraciones. Sí considero que una afirmación puede ser interesada en su formulación y equivocada en sus conclusiones sin que exista voluntad de engañar. Celebrar millones de ejemplares vendidos es legítimo; presentar esa cifra como demostración de que se han creado lectores requiere pruebas diferentes.
Por eso, en lugar de proclamar que la misión se ha cumplido, ¿no sería más honesto preguntarse qué queda por hacer?
Todavía hay motivos para la esperanza. Quizá no necesitemos únicamente campañas más ambiciosas, premios más cuantiosos o cifras más espectaculares. Quizá debamos volver la mirada hacia las librerías independientes, escuchar a quienes las sostienen y reconocer que su supervivencia forma parte de la salud cultural de nuestra sociedad. ¿No podría el Grupo Planeta convertir este aniversario en una oportunidad para apoyarlas de manera concreta y sostenida?
Al fin y al cabo, el éxito comercial de un premio se mide en ejemplares vendidos; su contribución cultural debería medirse también en lectores que permanecen, escritores que pueden vivir de su oficio y librerías que continúan abiertas.
Porque el verdadero triunfo no consiste en conseguir que alguien compre un libro una vez, sino en despertar en él el deseo de buscar el siguiente.
Y quizá, después de setenta y cinco ediciones, la celebración más valiosa no sea afirmar que la misión se ha cumplido, sino demostrar que el compromiso con la lectura sigue vivo.
Reciba un cordial saludo. Manuel Cuerpo, propietario de Rotrec & Letres
Un lector que aún confía en que los libros sean algo más que cifras.