06/09/2026
¡Retomamos nuestras con el Prof. Fernando Lillo!
"Las llamas se aproximan a mi casa con velocidad. El viento hace que corran veloces y nada pueda detenerlas. Veo impotente cómo han consumido ya la Gerusía, el gimnasio privado de los más venerables de mi ciudad de Nicomedia, una de las más bellas de la zona oriental del Imperio y capital de la provincia de Bitinia y Ponto, a orillas del mar de Mármara. Espero que la calle que separa la Gerusía del templo de Isis detenga el incendio. Pero no sucede así. Pronto el templo de la diosa arde por todas partes, sin que la propia divinidad haya sido capaz de protegerlo. Ahora sé que debo abandonar mi hogar junto a mis dos hijos pequeños. Salgo a la calle y me encuentro a mis conciudadanos contemplando el desastre sin mover un dedo. Me enciendo por dentro de ira, pero al momento reflexiono y veo que no tenemos siquiera una bomba de agua para combatir el fuego. Nadie toma la iniciativa para traer cubos e intentar detener las llamas. ¿Cómo es posible que una ciudad tan grande no tenga una dotación de bomberos? Solo nos queda aguardar a que el incendio cese por sí mismo y contemplar la desolación resultante. Los filósofos intentan consolarnos diciendo que nada hay que no deba ser previsto y que tanto el destino de los hombres como el de las ciudades puede cambiar en cualquier momento. Alguno nos dice que las ciudades están en pie destinadas a derrumbarse y que muchas han caído para levantarse luego mucho más altas y fuertes. Incluso nuestro gobernador Gayo Plinio ha solicitado al emperador Trajano un cuerpo de bomberos de ciento cincuenta hombres. No le hizo caso, bajo pretexto de que un grupo tan grande podía convertirse en un elemento subversivo. Pero todo eso pasó hace muchos años. Me fui lo más lejos posible de Nicomedia hasta el otro extremo del mundo y mis hijos sepultaron mis huesos en Augusta Emerita donde descanso a salvo de las llamas.
Consagrado a los dioses Manes. Julia Glicone, natural de Nicomedia, de 45 años. ¡Qué la tierra te sea leve! Lucio Munacio Asclepiades y Marco Lucanio Avito hicieron (este monumento) para su piadosísima madre.
Siglo II. d. C"