29/05/2026
Exposición: Iñaki Bergera, "Búnkeres"
Sedes: Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón (organiza Diputación de Huesca) y La Casa Amarilla
Comisaria: Chus Tudelilla
En la advertencia preliminar de W. G. Sebald en su ensayo "Sobre la historia natural de la destrucción" (1999), que contiene las conferencias pronunciadas en Munich a fines de otoño de 1997, quiso anotar que la primera de ellas se basó en la descripción que Carl Seelig hizo de su excursión con Robert Walser el 27 de julio de 1943, el día anterior a la noche en que Hamburgo quedó reducida a escombros. La siguiente entrada del libro de Seelig, "Paseos con Robert Walser" (1977), está fechada el 19 de octubre de 1943. En sus recuerdos de aquellos días no leemos mención alguna a la terrible devastación, a pesar de que, como escribe Sebald, la noticia del horror se difundió por toda Alemania a través de los testimonios de quienes lograron sobrevivir a la gran catástrofe que, vencidos y contagiados por una grave apatía, encontrarían en la reconstrucción del país la posibilidad de empezar de nuevo, olvidando todo recuerdo individual y colectivo. En el psiquiátrico de Herisau el paciente Robert Walser evita toda manifestación sentimental y muestra la aspiración a distanciarse marcadamente de su entorno, insiste Seelig. Apartado de la escritura, sólo el paseo le reconfortaba.
El 16 de septiembre de 1943 la aviación aliada destruyó Nantes. “Intempestivamente, todo se había desplazado, desaparecieron los inmuebles, las perspectivas, los alineamientos de las fachadas se volatilizaron… el cielo, la transparencia y la sombra de las ruinas en medio del amontonamiento del pedregullo y grava” dejó escrito Paul Virilio en "La inseguridad del territorio". Virilio había sido evacuado con sus padres de París a Nantes en 1939. En Nantes fue testigo de la Guerra Relámpago de Hi**er hacia la costa, y de los bombardeos aliados en septiembre de 1943. Aquellas experiencias vividas de niño convirtieron a Paul Virilio en un pensador crítico con la historia, que no dudó en interrogar desde muy temprano. Cuando la guerra terminó, Virilio pudo acudir a la costa -lugar prohibido hasta entonces debido a las tareas de construcción de la Muralla del Atlántico- para contemplar el océano, que en su imaginario asociaba a la idea de libertad; y lo que allí vio fue la línea de búnkeres, sólidas estructuras arquitectónicas varadas en la frontera defensiva levantada por los n***s. En los búnkeres, considera Andrea Giunta, Paul Virilio encontró una imagen que condensaba eficazmente sus reflexiones sobre la guerra y, con el ánimo de entenderla mejor, realizó el inventario de los construidos en el Muro Atlántico. Su primer libro, "Bunker Archéologie" de 1975, que acompañó a la exposición del mismo título en el Museo de Artes Decorativas de París, incorpora el registro visual de aquellos búnkeres, vestigios de un patrimonio incómodo, acompañado de su ensayo sobre la arquitectura de guerra.
La Muralla del Atlántico construida por el Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial (1934-1945) y la Línea Maginot edificada por el gobierno francés (1927-1936), son antecedentes directos de la Organización Defensiva de los Pirineos, conocida popularmente como Línea P -Línea Pirineos- a partir del artículo que investigadores franceses publicaron en el libro "Fortifications & Patrimonie" (1997). Los primeros informes de la barrera artificial levantada por los nacionales en la frontera natural de los Pirineos datan de 1937, dos años antes del comienzo de los trabajos; en 1944, fecha del Desembarco de Normandía, y un año después de la destrucción de ciudades como Hamburgo y de Nantes, quedó definida de modo más preciso con instrucciones específicas para su realización. El propósito inicial fue evitar posibles ataques del ejército republicano durante la Guerra Civil y de los aliados a partir del estallido de la Segunda Guerra Mundial. En 1952 el nuevo orden internacional determinó la paralización de las obras de una barrera militar que no llegó a ser utilizada. Los enemigos que con febril insistencia se anunciaban nunca llegaron. Existen documentales y estudios sobre determinadas zonas de la Organización Defensiva de los Pirineos, pero no un registro visual tan completo como el realizado por Iñaki Bergera de los búnkeres en el Valle de Tena, concretamente los del Sector 23, motivo de la gran exposición celebrada en Diputación de Huesca de la que forman parte las secuencias fotográficas que ahora se presentan en la sede del COAA y en la galería La Casa Amarilla de Zaragoza.
Arquitecto y fotógrafo, Iñaki Bergera es montañero y en su pasión por la montaña -que en su imaginario asimila con la idea de libertad, como a Virilio le sucedía con el océano- reside su extraordinaria capacidad para descubrir en el territorio las complejas relaciones que la arquitectura establece con el paisaje. Durante sus paseos Iñaki Bergera enfoca toda su atención en aquellos lugares donde permanecen restos y rastros de arquitecturas abandonadas; da igual la causa, lo importante es documentar los efectos del paso del tiempo en el espacio de la arquitectura y su presencia en el escenario natural que sublima la poética del abandono, rasgo singular de sus fotografías. El ojo curioso del montañero se alía con el ojo metódico del arquitecto y del fotógrafo en la elección del encuadre y del ángulo precisos que permiten al espectador tomar posición y adentrarse en los secretos de la configuración constructiva de las diferentes arquitecturas, objeto de sus investigaciones visuales.
Para Virilio, primer teórico que puso en valor los búnkeres en sus reflexiones sobre la guerra, la forma compacta de estos artefactos funcionaba como un dispositivo visual camuflado en el paisaje, que permitía ver y no ser visto. En el búnker, como la lente en el cuerpo de la cámara -leemos en el catálogo de la exposición-, el pequeño hueco negro abierto en los gruesos muros del asentamiento defensivo convierte a ese espacio enterrado en una máquina para mirar. Desprovistos de todo uso, los huecos de estas arquitecturas del miedo son ventanas que transforman el exterior en paisaje. Un paisaje de frontera en un tiempo de desorden internacional. [Chus Tudelilla. Comisaria]