18/05/2026
Gavilla de mujeres
El 18 de mayo de 1914, El País publicó una nota curiosa sobre un grupo de mujeres armadas que operaban en los límites de los estados de México y Michoacán, las cuales secuestraron a un ciudadano suizo, sin haber obtenido rescate por él:
“Acaba de llegar a esta ciudad el señor ingeniero Genaro Leobartt, de nacionalidad suiza, el que se encontraba en el mineral de Angangueo, dedicado a los asuntos de su profesión, pero dada la situación anormal, salió de dicho mineral, situado en el estado de Michoacán, internándose en el Estado de México, acompañado de dos mozos. Refiere el mencionado viajero, que hizo sin novedad su camino hasta el Estado de México, pero que habiéndose extraviado en el camino fueron a dar a la Barranca del Tecolote, en donde fueron detenidos por una gavilla formada por veinticinco a treinta mujeres, encabezadas por una de ellas que se dice tener el grado de generala, y a quien llaman “La Chata”, quienes les quitaron cuanto traían en efectivo o sean ciento veinticinco pesos y un teodolito, así como su caballo y los de los mozos, estando detenidos tres días, pues exigían por su rescate cinco mil pesos.
Los mozos fueron puestos en libertad, pero sin caballos, para que fuesen a Angangueo con una carta suscrita por el ingeniero Leobartt, dando cuenta de que se necesitaban dichos cinco mil pesos para que obtuviesen su libertad. No habiendo regresado los mozos, las mujeres bandoleras lo pusieron en libertad, habiéndolo tenido en unas cuevas, dándole de comer tortillas con queso únicamente. Por último, refiere el señor ingeniero Leobartt, que, debido a sus precauciones, no perdió tres mil pesos que había dado a uno de los mozos, quien pudo ocultarlo a las mujeres las que se encuentran armadas con fusiles y cananas de parque en abundancia. La llamada generala “La Chata” dice ser esposa de un cabecilla zapatista, cuyo nombre ha olvidado nuestro informante.”
Durante esta etapa de la Revolución mexicana, la participación de la mujer en el conflicto armado se incrementó más allá de ser proveedoras de alimentos y enfermeras. Muchas veces, las mujeres participaron en los combates armados y en los saqueos. Cuando una población caía a manos de los revolucionarios, las soldaderas revisaban casas y comercios en busca de alimentos, medicinas y ropa para los rebeldes. Es muy probable que el ingeniero Leobartt se haya topado con una avanzada de estas soldaderas.
El recorte de prensa del 18 de mayo de 1914 ofrece una ventana excepcional para tensionar la narrativa oficial e iconográfica de la mujer en la Revolución mexicana. Historiográficamente, la figura femenina del periodo suele quedar encasillada en el arquetipo de la “soldadera” o la “Adelita”: un agente de soporte logístico, conyugal y afectivo, subordinado a las dinámicas del contingente masculino. Sin embargo, la crónica extraída del diario El País introduce una variante mucho más compleja y disruptiva: la autonomía bélica y delictiva de las mujeres en el frente civil.
En primer lugar, el uso del término “gavilla de mujeres” y “mujeres bandoleras” por parte de la prensa de la época denota un esfuerzo de criminalización lingüística. En el contexto de 1914 —un año crucial de fragmentación revolucionaria tras la caída de Victoriano Huerta—, las fronteras entre la insurgencia política y el bandidaje rural eran sumamente porosas. Al calificar el acto como un golpe de una “gavilla”, el discurso hegemónico de la prensa urbana intentaba despojar de legitimidad política al grupo, a pesar de que la propia nota reconoce el vínculo de la lideresa, “La Chata”, con el movimiento zapatista y el uso de rangos militares autoasumidos (“generala”).
El incidente del secuestro del ingeniero suizo Genaro Leobartt en los límites de Michoacán y el Estado de México ilustra cómo el quiebre del Estado oligárquico porfiriano permitió el surgimiento de espacios de poder fáctico controlados enteramente por mujeres. No estamos aquí ante un grupo de acompañantes de tropa, sino ante una unidad operativa autónoma de entre 25 y 30 integrantes, con control territorial (el uso estratégico de cuevas en la Barranca del Tecolote), armamento pesado (“fusiles y cananas de parque en abundancia”) y capacidad de negociación económica y política mediante el secuestro y la expropiación de herramientas técnicas (como el teodolito, un instrumento de alto valor simbólico y práctico para el mapeo y la minería).
Asimismo, el relato del cautiverio —donde se menciona que alimentaron al rehén con “tortillas con queso únicamente” y que finalmente lo liberaron al no obtener el rescate— humaniza y desmitifica la supuesta “barbarie” indiscriminada que la prensa conservadora solía atribuir a las facciones populares.
Este documento nos obliga a reconsiderar el papel de las mujeres en las dinámicas de violencia revolucionaria. Lejos de ser víctimas pasivas del conflicto o acompañantes abnegadas, casos como el de “La Chata” demuestran que las mujeres rurales supieron instrumentalizar las armas, la estructura militar y el desorden institucional para configurar sus propias formas de resistencia, subsistencia y ejercicio del poder en los márgenes de la legalidad de la época.
📖Diario de la Revolución, INEHRM, 2024
📷Fotografía: Mujer revolucionaria sujeta un rifle mientras camina, 1916, Fototeca Nacional-INAH.