01/10/2024
La cacería y papá
La cacería nunca me gustó, aunque era emocionante. Esos sentimientos encontrados me afectaron desde temprana edad. La practiqué de joven, como parte de las costumbres familiares, entre los años 70 y 80. Las reglas de mis mayores eran: solo se caza cuando es por alimento, cuando un animal amenaza la vida de una persona o cuando hay una plaga que altera el equilibrio natural. De niños ya sabíamos usar los rifles de aire, y hubo fuertes regaños y disciplina cuando privábamos de la vida a algún animal sin motivo. Los chicos pueden perder la noción de lo que está bien y lo que está mal si no se les guía debidamente. Hay un par de instintos que controlar: el de pertenecer al grupo, el de ser el más fuerte, el más sobresaliente, el mejor cazador. Papá me hizo comer las alimañas que cacé a lo tonto. Así aprendí.
De adolescente ya disparaba con calibres mayores... y era bueno. Además de la disciplina para portar un arma, papá me instruyó en los principios básicos de la balística. En esa época, mi familia cazaba poco. Eran más las veces que solo practicábamos tiro al blanco. Hacíamos pequeñas salidas en busca de conejos o codornices, que luego terminaban en el plato. Por otro lado, fuimos a muchas partidas de caza mayor invitados por otras personas (gente con más dinero que corazón), que eran verdaderas máquinas de matar sin razón. La caza cinegética (animales criados para ese propósito) siempre me pareció un pretexto para matar con premeditación, alevosía y ventaja; aunque evita que se sacrifiquen animales de la naturaleza, ese es su punto a favor. No hay deporte en eso.
Muchas veces vimos a esos grupos de barrigones armados con rifles 30-06, calibre 270 y del 308 en camionetas llenas de faros para deslumbrar a los animales, vestidos de camuflaje y pertrechados con abundantes cartones de cerveza. Papá les decía: "¿Y dónde es la guerra?" Volvían en la madrugada presumiendo sus "trofeos". No perdonaban a un venado joven, ni a los coyotes, ni a las liebres. Y muchas veces mataban alguna vaca en su desesperación por jalar del gatillo y disparar imprudentemente en la oscuridad.
En la verdadera cacería (de dos a tres días a pie, sin más que un lonche y agua), al animal se le permite defenderse con sus instintos, y me consta que muchas veces sobrevive. En aquellas salidas, papá y yo nos sentábamos a admirar a los venados, a las águilas, a los coyotes... Observábamos su vida con los catalejos, sin perturbarlos. Llevábamos los rifles, y mi viejo decía: "Saber cazar implica saber no disparar". El respeto a la naturaleza es lo primero. Me hablaba del misterio y la belleza de la vida silvestre.
Mi padre se molestaba mucho con los cazadores "Rambo", aquellos sin escrúpulos... Con papá, mucho era disciplina. Pudo haber sido militar; hizo el servicio militar dos veces por puro gusto. Pero, dentro de su dureza, había sensibilidad. Con mis ojos jóvenes podía distinguir a un venado a doscientos metros, arriba de un cerro, mimetizado con el paisaje. Papá me hacía la señal de silencio, y volvíamos al campamento de cazadores diciendo que no habíamos visto ningún animal. El goce de las salidas de caza no era por la cacería en sí, sino por la fraternidad del grupo, cuando ese grupo era de personas de confianza y sensatas; gente culta, cálida y amistosa. Se cantaba en las fogatas, se narraban historias increíbles bajo las estrellas, se hablaba de la astucia de los animales, de las propiedades de las plantas y se contaban anécdotas de personajes fabulosos.
Terminamos por alejarnos de la cacería. Se perdió la honorabilidad. Mi padre, a fin de cuentas, era amante del montañismo, y esa actividad nos definió a partir de entonces. Yo cambié mi rifle por una cámara fotográfica a los 17 años, otra actividad enseñada por mi padre.