03/06/2026
Los grandes hallazgos arqueológicos no siempre surgen de excavaciones planificadas ni de complejos proyectos de investigación. A veces, el pasado emerge de manera inesperada, oculto bajo nuestros pies, esperando que una mirada atenta lo descubra.
Hace unos días, en la zona de Las Flores, un vecino apasionado por la historia local participaba en la apertura de zanjas para la construcción de una vivienda. Mientras los trabajos avanzaban, su curiosidad lo llevó a observar con detenimiento la tierra removida. Fue entonces cuando, a poco más de un metro de profundidad, distinguió pequeños fragmentos de cerámica antigua que habrían pasado inadvertidos para cualquier otra persona.
Se trataba de Leonardo Quintana, quien comprendió de inmediato que aquellos restos podían tener un valor especial. Consciente de la importancia de su hallazgo, recuperó cuidadosamente los fragmentos y acudió al arqueólogo Julio Abanto para su identificación y estudio.
Entre los materiales recuperados destaca una pieza excepcional: la parte superior de una pequeña botella decorada con finas incisiones y puntos impresos. Su antigüedad supera los dos mil años y corresponde al estilo Cerro, una tradición cultural desarrollada después de la influencia de Chavín en la costa central peruana.
Resulta asombroso pensar que bajo las calles, viviendas y avenidas de nuestra ciudad aún permanecen ocultos testimonios de una historia milenaria. Este hallazgo no solo confirma la riqueza arqueológica que conserva el subsuelo de San Juan de Lurigancho, sino que también aporta nuevas evidencias para comprender cómo la antigua y desértica quebrada fue transformándose gradualmente en una extensión fértil e integrada al valle.
Cada fragmento recuperado es una ventana abierta al pasado; un mensaje silencioso que ha permanecido enterrado durante siglos y que hoy nos recuerda que la historia sigue viva bajo nuestros pasos.